O me salvo yo o nos ahogamos todos

por Rocío Lacasa

Ahora que tengo una consulta privada, mis clientes vienen por voluntad propia.

Antiguamente, cuando trabajaba en la Clínica, muchos venían coaccionados, presionados, e incluso obligados judicialmente.

Son dos escenarios muy distintos.

Antes me dedicaba a tratar casos más «graves» como esquizofrenias, trastornos de personalidad, etc.

Hoy en día me dedico a tratar a los familiares de esos casos «graves» (ej: la madre con ansiedad por su hijo con esquizofrenia)

El otro día vino a consulta una madre que se sentía profundamente culpable y responsable de su hija. Su hija requería atención especial por su “trastorno de personalidad” (que no es más que ser una niña de 3 años en un cuerpo de 30). La situación ha afectado a toda la familia.

Otra mujer tiene dos hijos que han delinquido numerosas veces. Está deprimida y de nuevo, sintiéndose responsable de que sus hijos encaucen su vida (27 y 33 años).

Estas madres buscan y buscan maneras de mantener la armonía, desesperadas porque sus hijos encuentren «la felicidad».

Se dejan la piel en el intento.

Pero ha llegado el momento de hacer un cambio, de raíz:

O esas madre sueltan, o se hunden todos.

La vida les llevó a necesitar más control que otras madres.

Es duro pero les recordé que sus hijos no les pertenecen.

Nuestros hijos no nos pertenecen.

Ni para lo bueno ni para lo malo.

Les dije que tenían dos opciones:

1. O se empezaban a preocupar por ellas, soltando de una vez el control…

2. O que estaban contribuyendo activamente al problema.

Incluso siendo padre no eres dueño de nada. Como padre sólo eres un administrador en su camino.

Yo te enseño hasta aquí, hijo mío.

El resto te lo enseñará la vida.

Debajo te dejo un extracto valioso (supuestamente de San Agustín).

LOS LIMITES DE SER PADRES

Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti.

Puedo enseñarte muchas cosas, pero no puedo obligarte a aprender.

Puedo dirigirte, pero no responsabilizarme por lo que haces.

Puedo instruirte en lo malo y lo bueno, pero no puedo decidir por ti.

Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a aceptarlo.

Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo forzarte a hacerlo.

Puedo hablarte del respeto, pero no te puedo exigir que seas respetuoso.

Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no puedo obligarte a ser bondadoso.

Puedo amonestarte en cuanto al pecado, pero no puedo hacerte una persona moral.

Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo darte vida eterna.

Rocío

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