Menta mental para calmar

Una cliente adorada me cuenta una anécdota graciosa… y no tanto.

Estaban tres amigas en un edificio de noche.

Entran con sus tacones en el ascensor, para irse a casa.

En el piso 15, ¡pum!, el ascensor se para bruscamente.

Sin luz, sin cobertura, sin salida.

Una de ellas entra en pánico.

Llora, grita, patalea.

Intentan calmarla, pero es incluso peor.

Otra saca una pastilla del bolso y le dice “¡toma, tengo un calmante!”

La traga y comienza a respirar más despacio. Se serena y esperan a ser rescatadas, a los pocos minutos.

¿Adivinas la composición del calmante?

Sacarosa, glucosa, menta y xilitol.

El ingenio se agudiza en estas situaciones.

Entonces, ¿qué le calmó?

Pensar que se iba a calmar.

Le damos a lo externo un poder que no tiene.

(Me recuerda cuando en Ámsterdam una amiga se tomó un Spacecake – muffin con marihuana – y comenzó a reír y delirar, y más tarde nos dimos cuenta de que ese no llevaba marihuana.)

Repito. Le damos a lo externo un poder que no tiene.

Hasta a mí me dan ese poder.

“Escucho tu voz y me calmo”, “pienso en qué me diríais y me calmo”, me dicen.

Gracias, pero yo no hago nada.

Lo ansiolíticos muchas veces funcionan, qué duda cabe. (Y la marihuana).

Lo que hay que ver es el precio a pagar y el falso éxito que se le atribuye al fármaco.

El éxito está en ti y en la capacidad innata de tu cuerpo para encontrar el equilibrio.

Sigamos encontrando maneras de facilitárselo.

Un abrazo,

– Rocío

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