Me odio por odiar a mi padre

Me hacen mucha gracia las conversaciones de café en las que oyes cómo unos opinan de los otros.

Opinan, o juzgan, más bien.

“Chica, no entiendo cómo puede seguir con él si la maltrata”.

Pues por algo será.

Su miedo al abandono será más potente que su miedo al daño físico.

O estará tan deprimida y agotada de luchar que se sentirá como un animal indefenso, que deja de intentar escapar.

Tampoco quiero juzgar a los que juzgan, porque estaría cayendo en la misma trampa. Yo misma lo hago cuando me despisto. Pero es un mecanismo básicamente de ignorancia.

Lo que más me preocupa es que, el que juzga hacia afuera, suele también juzgar hacia dentro.

Se critica por una serie de cualidades, patrones o sentimientos que se escapan de la lógica o de los “deberías”.

¿Por qué una persona hace lo que hace, aunque se escape de la lógica o aunque no deba hacerlo?

Porque el ser humano, aunque lo intenta, es poco lógico.

Y los deberías, son deberías mentales.

Si te pegan, te vas, ¿no?

Si tienes miedo, lo afrontas y ya está, ¿no?

Si quiero perder peso, como un poco menos, ¿no?

Si algo te hace daño, debes dejar de hacerlo y punto. Lógico, ¿no?

Lógico, sí, humano, no tanto.

Para bien o para mal, seguimos condicionados por instintos muy básicos que compartimos con las ratas y los perros.

Si no me atrevo a decir no a alguien, no es porque sea tonto, sino porque estoy condicionado por la necesidad de pertenencia.

Que quiero seguir en la tribu, vamos.

Si no me atrevo a conducir, no es porque sea cobarde, sino porque estoy en un malentendido en el que mi cuerpo cree que no debo exponerme al riesgo.

Si empiezo con una dieta estricta y no la cumplo, no es que no tenga fuerza de voluntad, es que tengo hambre.

Que quiero seguir vivo, vamos.

Estamos en un nuevo mundo y a veces seguimos adaptados al antiguo.

Eso nos lleva a estar, por momentos, en un malentendido.

A veces aparecen emociones sin aparente sentido, o que juzgamos como inadecuadas. 

Hoy un cliente me expresaba la rabia que sentía hacia su padre.

Una rabia que no juzgaba.

Y yo le felicitaba por ello.

Porque estoy con muchas personas que traen problemas precisamente por juzgar y rechazar lo que sienten.

El problema no es sentir, sino el parloteo inconsciente sobre lo que siento.

Puedo dejarlo estar, darle su espacio, tratar de recolocarlo, y desde ahí, poder gestionarlo.

De verdad, sólo si entiendes que eres un ser humano, con instintos tribales aún activos, que puedes gestionar desde la comprensión, la compasión y la paciencia, todo esto tendrá sentido.

En el camino es importante desarrollar lo que en nuestros sistemas llamamos Fronteras Fuertes Y Flexibles.

Si quieres conocer más, sumérgete con nosotros en el Mapa de la MetaMorfosis.

Un abrazo,

Rocío