En esta casa no me dejan llorar

Hoy he tenido unas horas de encontrarme físicamente mal.

Me empezaron a rondar ideas tratando de atribuir una causa.

¿Tensión baja?

¿Ciclo hormonal?

¿Me he estado perdiendo en películas mentales de pasado o futuro?

¿Coronavirus?

Pero eso no es lo que te vengo a contar.

Estaba callada, seria, dejándome un poco en paz, esperando a que pasara sin más.

Y mi padre me ha preguntado:

“¿Qué te pasa? Hay que estar bien eh, te quiero positiva, en verano hay que estar tranquilo”.

Esto por una hora de estar un poco ida.

No sé qué estaba pensando él… y a qué tenía miedo.

Pero me suena.

Es la intolerancia de otros a que estemos momentáneamente bajos.

Y mi intolerancia – antigua – a que al otro le angustiara mi bajona.

Históricamente, eso me ha ayudado a moldear una mente optimista, agradecida y serena.

Mi padre, como ser de luz que es, me ha enseñado y sigue enseñando mucho.

Pero también tuve que trabajar la otra cara de la moneda.

La sombra que da la luz.

Tuve que aprender a darme permiso para conectar con el malestar, y darle su cabida.

Cuando no aprendes eso, aparecen la negación, el rechazo, la anestesia… y demás mecanismos autorreguladores.

Y paradójicamente, desde ahí, el malestar se multiplica, complica y cronifica.

El primer paso para dejar de sentirte como no quieres sentirte, es aceptar que te sientes como te sientes.

El siguiente, sí, es comprender cómo estás impidiendo que el bienestar emerja, cuando y como tenga que emerger.

No desde la negación, rechazo o anestesia, sino desde la aceptación, comprensión y compasión.

Te animo a que sigas elaborando tu propio mapa del mundo.

Un abrazo,

– Rocío

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