El día que traicioné a mi padre

Te voy a contar una anécdota tonta, pero que está hecha de lo mismo que el sufrimiento de muchos.

Tendría unos 12 años. 

Estaba en la cama, preparada para dormir. Entró mi padre a darme las buenas noches. Me dio un beso en la frente y me colocó con cariño las manos, cruzadas encima del pecho (lo que se le ocurrió en el momento). 

“Hala, a dormir y soñar con los angelitos”. 

Bien. 

Pues estuve mucho tiempo teniendo que dormirme en esa postura “porque me daba pena hacerle daño si la cambiaba”. 

No tiene mucho sentido, ¿no?

Obviamente sabía, por muchos 12 años que tuviera, que eso no le iba a afectar de ninguna manera dolorosa. Ni no dolorosa. 

No había correlación. Probablemente él ni se acordaba. 

Pero prefería hacerlo, “por si acaso”. 

Si me ponía más cómoda, me sentía extrañamente culpable. Como si fuera una especie de traición. Le visualizaba decepcionado y afligido (algo que jamás habría sucedido). 

Se me fue pasando, sin más.

Pero vamos, a costa de muchas noches incómoda. 

Me vino a la memoria la otra noche, porque me pasó algo parecido. 

Mi hija Jimena me prestó su cerdito de peluche para dormir. 

“Mami, toma, duerme con Piggy para que no estés solita”. 

Al rato de estar con Piggy en la cama, medio dormida, me estaba dando un calor terrible (es un cerdo gigante). 

En ese duermevela, donde se empieza a nublar la conciencia, lo fui a dejar en el suelo. 

Pero algo me dijo que la estaba traicionando. 

Una sensación de tensión, que podía etiquetar como culpa. 

Dejarlo en el suelo, simbólicamente, era muy fuerte. Pobre mi niña………..

Me hizo gracia el pensamiento mágico, por supuesto lo dejé en el suelo, y recordé que esta es una asociación tramposa. Que en ocasiones no hace ninguna gracia y se convierte en una tortura. 

La mente hace ese tipo de “pactos”, irracionales y desproporcionados. 

Pactos poderosos en la experiencia de muchas personas. 

Solemos aprender a unir hechos, actos y consecuencias, estímulos y respuestas. 

“Si A …. B”, “A significa B”. 

A veces tienen sentido y nos ayudan. Otras son puras confusiones mentales. 

Transferimos poder a pensamientos, acciones u objetos, como si fueran a tener algún efecto sobre la realidad. 

La persona lo vive como sensaciones o intuiciones, que le guían hacia lo que debe hacer o no hacer. 

Y comienza el lío. 

Gran lío. 

Recuerda: muchas de las sensaciones que vamos experimentando, no quieren decir nada de la realidad, del futuro o de ti. Quieren decir que la mente se ha perdido momentáneamente en sus inocentes trucos mágicos. 

Sigue conectando con la claridad. 

Un abrazo, 

– Rocío

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